lunes, 1 de marzo de 2010

Mírate al espejo

¿Quién no ha escuchado la famosa afirmación: Si no te quieres a ti mismo nadie lo hará?

Tengo cerca a una persona a la que quiero y valoro muchímo. El primer día que la conocí, pensé que el adjetivo "vulnerable" la definía por completo y muchas veces le decía en mi cabeza: -tienes que ser más fuerte, quererte más, no puedes permitir que te infravaloren, porque hay poca gente que valga tanto como tú-.

Creedme, ella es así, pero no lo ve. E inconscientemente cree no merecer la plena felicidad. Es cierto que la primera persona que tiene que valorarte y quererte, eres tú. Y, disculpad, pero eso no es un pecado. El problema es que vivimos en una sociedad que rebosa hipocresía por todos sus poros, y eso no ayuda. Cuando una persona se quiere poquísimo todos decimos a coro -tienes que quererte, valorarte más... bla, bla, bla...- y derrepente, cuando encuentras a alguien que se quiere y se valora ¡vaya! -que persona tan creída y tan egocéntrica... ¿Qué se habrá pensado?- A ver señoras y caballeros... ¿se pueden aclarar, por favor?

John Stuart Mill decía que es mejor ser un humano insatisfecho que un cerdo satisfecho. Yo creo que no hay que llegar a ese extremo. ¿No cabe la opción de ser un hombre, por lo general, satisfecho? No somos perfectos ni lo vamos a ser nunca, no tenemos tiempo. Siempre habrá cosas que no nos gustarán y viviremos intentando cambiarlas y mejorando como personas (aunque esto, por desgracia, no todos).

Pero una de las principales causas de la infelicidad es la absoluta insatisfacción que nos rodea. Si somos bajos queremos ser altos, si somos altos... un poco más bajos, también queremos ser un poco más delgados o quizá no tan flacos, si sacamos un 7 queríamos un 9 y si sacamos un 9 queríamos la matrícula, cuanto más leemos más queremos leer y cuanto más sabemos más queremos saber (esto es maravilloso)... nunca nada es suficiente, pero hay que poner un límite en nuestro interior. Llega un punto en el que hay que conformarse para poder ser feliz, pero, no por ello, dejaremos de luchar.

La línea que separa la insatisfacción natural y la obsesión (entendida como enfermedad) es, en realidad, muy fina, tanto que puedes cruzarla sin darte cuenta. Pensemos que sólo viviremos una vez (lo siento, no creo en Dios) y hay que aprovecharla a tope. Intentemos mejorar aquello que nos gusta poco, pero queriéndonos por el camino y tengamos en cuenta que no va a ser fácil, el camino no está hecho, ya lo dijo Machado: Caminante no hay camino, se hace camino al andar.

1 comentario:

  1. El equilibrio entre lo presumido y lo pretencioso es IMPOSIBLE de definir, porque es relativo, subjetivo y según la envidia o los días de abstinencia cada uno piensa una cosa al respecto.
    Son incalculables las horas de mi vida que he pasado y pasaré delante de un espejo. Odio cosas de mí, como la grasa de mi cintura y hay otras cosas que adoro como mi boca y mis hombros. Me considero coqueto y presumido. Pero lo reconozco con mucha tranquilidad, porque si eso es un defecto... me da igual, porque no proviene de una perversión, ni de una carencia y es únicamente MI placer privado, y todos tenemos uno y lo usamos de forma egoísta.
    Otros usan los espejos para torturarse y otros jamás se verán a si mismos porque están más pendientes de los demás.
    Defiendo mi derecho a ser coqueto sin ser juzgado de egocéntrico.
    Que tire la primera piedra el que no haya tenido complejos ni quisiera tener algo bonito que reflejar delante de él.

    ResponderEliminar

¿Qué opinas?