lunes, 31 de mayo de 2010

Imán de pajilleros públicos

Mi mejor amiga, Limoncito (por su graaan dulzura;), es un imán para los pajilleros. Bien podría ser al revés, claro: los pajilleros son un imán para mi amiga.

Hará ya unos cinco años, que Limoncito llegó a Madrid para estudiar en la universidad donde nos conocimos. Para llegar allí en metro hay que coger la línea 1, donde había, por entonces, una gran concentración de pajilleros. Llegamos a pensar que el final de esa línea poseía una especie de fuerza sobrenatural (parecida a la que hay en la isla de Lost) que impulsaba a los hombres a sacarse sus penes delante de la población. Esto no ocurrió ni una ni dos ni tres veces, sino más. Resulta que alguna compañera también fue testigo de esta situación y una, ni corta ni perezosa, arreó al pajillero de turno con su bolso  terminando, supongo, con su erección (aunque hay gente para todo).

Eso no es todo. Más adelante, íbamos juntas al gimnasio todas las tardes. Cuando salíamos de allí ya era de noche y el gimnasio estaba en una zona oscura y vacía, así que acercábamos a Limoncito al metro en coche. Un día, me fui antes del gimnasio y ella tuvo que ir al metro andando, con la suerte de encontrarse por el camino a un tío en cueros entre dos coches, con unos ligueros y, claro, masturbándose. Cuando me llamó por teléfono, nerviosa, para contármelo, no pude evitar reírme... parecía una broma pesada.

Hasta ese momento, nunca había sido testigo en primera persona.

Corría el rumor de que en mi universidad (donde un 90% era población femenina porque estudiábamos diseño de moda) había un famoso pajillero que realizaba sus actos sexuales consigo mismo en nuestro baño. Pero siempre había sido un rumor. Un día, sobre las 13.00, fui al baño después de una clase para llenar mi botella de agua. Al entrar, vi en el marco de una de las puertas a un tío con su pene en la mano y no estaba haciendo pis, porque en vez de mirar hacia dentro, miraba hacia donde estaba yo. De los nervios me quedé bloqueada y, en vez de salir del baño, seguí llenando mi botella (como este señor la suya) con el hombre a tres metros dándose placer sin quitar ojo. No entendía nada, pero, de repente, vi a mi amiga entrar en el baño después de mí y lo entendí todo... claro, por eso estaba ahí el hombre, era el imán que une a pajilleros y Limoncito. Ambas nos miramos con cara de ¡Madre mía! ¿hemos visto bien?. Yo salí por patas pensando que ella me seguiría, como es lógico. Pero no, ella estaba tan bloqueada que se quedó allí unos segundos más. A día de hoy, dice que la abandoné a su suerte, pero no es cierto.

La última historia ocurrió hará unos días. No es exactamente el prototipo, pero también es significativo. Mientras cenábamos, me contó que hacía unos días estaba en el Vips con una amiga suya y había en una mesa una pareja muy acaramelada (por no decir muy caliente). El ambiente se fue caldeando tanto, que llegó un punto en el que el hombre sacó su antorcha ardiente del pantalón y se la dio a su novia para que ésta avivase el fuego. No importa que todo el mundo en el restaurante, incluido el camarero, pudiese observar el acto, ellos se encontraban en un universo paralelo, solos. No nos vamos a escandalizar por estas cosas, pero al menos -un poco de respeto, que estoy comiendo-.

Por desgracia para Limoncito, estoy segura de que no será la última.