lunes, 19 de julio de 2010

Vivieron felices para siempre

Cuando era pequeña, entendía los matrimonios como un príncipe y una princesa que se enamoraban y se casaban otorgando un final feliz al cuento. Ningún autor escribía después sobre la vida matrimonial entre Felipe y Aurora (La Bella Durmiente), Eric y Ariel (La Sirenita) o Cenicienta y su príncipe. Y como no nos hablan de ello y lo rematan con un "Vivieron felices para siempre", las niñas más soñadoras, que siempre quisimos ser princesas de cuento con vestidos largos, tiaras y zapatos de cristal, tenemos una idea del matrimonio acorde con lo que durante nuestra infancia vimos en los cuentos e idealizamos. Yo siempre quise ser Yasmín... tan morena y sexy con esos tops enseñando el ombligo... Y tener a un Aladín que me llevaría a pasear por las nubes con una alfombra voladora.

Esa era mi inocente idea del matrimonio. Pero de repente, tengo 23 años y, aunque no soy Yasmín, sigo queriendo mi final de cuento. Pero escucho a muchas mujeres casadas que hablan tan mal de sus príncipes que es para las potenciales princesas soñadoras como un despertar a bofetones. Yo, con esa mágica idea idealizada del amor, con esa fe en el "Vivieron felices para siempre"... Pero cómo iba a saber mi yo infantil que es posible que Cenicienta siguiera limpiando su palacio mientras el príncipe llegaba cansado después de reinar. O qué Blancanieves tendría que cuidar, sin ayuda, a sus propios Siete Enanitos... Claro, esas cosas no vienen en los cuentos porque si no ninguna niña soñaría con ser princesa y despertar con un beso de su príncipe. Preferirían optar por ser madres solteras.

Pero me niego a aceptar lo que otras mujeres dicen. El matrimonio da igual, pero yo quiero mi propio final de cuento, mi "vivieron felices y comieron perdices". Tengo la sensación de que para que esto ocurra, el príncipe y la princesa deben estar deacuerdo  en querer un final feliz y esforzarse por conseguirlo. Juntos saltar los baches y agarrarse en las pronunciadas curvas. Es mi teoría oye, aunque al fin y al cabo ¿yo que sabré?

1 comentario:

  1. Un día, en un programa del comunicador onubense Jesús Quintero en televisión, entrevistó a una mujer enamorada que vivía en una auténtica nube junto a su hombre. Para ella, él no tenía defectos y lo era todo. Decía que no podía vivir sin él y, la verdad, resultaba totalmente creíble viendo su cara y su forma de expresarse.

    Un tiempo más tarde, el propio Quintero volvía a entrevistarla. "¿Qué fue de él?". "¿Por qué lo dejásteis?". Ésas fueron algunas de sus preguntas y ella, ya sin su cara de enamorada, expresaba que ya sí podía vivir sin él.

    El amor parece ser así. Un día eres feliz y comes perdices, y te mueres por él o por ella. Al poco, no quieres ni verle. O él o ella no quiere ni verte.

    Aún así, creo en el amor, aunque de una forma diferente a como creía en mi adolescencia.

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