jueves, 19 de abril de 2012

¿Cómo se lo montan tus vecinos?


¿Alguna vez habéis escuchado a vuestro/a vecino/a gimiendo de placer? ¿Alguna vez habéis sentido un odio profundo (pura envidia) mientras a vuestro/a vecino/a se le ponían los ojitos en blanco, podemos suponer, del pedazo de polvo loco que estaba echando? 

Tengo una vecina que folla que da gusto. Y además, suele coincidir que siempre se oyen sus gemidos los sábados (a lo mejor es que el resto de días de la semana no me pilla en casa porque estoy yo, con un poco de suerte, haciendo lo mismo que ella los sábados... quién sabe). Tiene entre 50 y 60 años, se conserva muy bien y desprende cierto aire de femme fatale. A mí me recuerda un poco a Samantha, mi queridísimo personaje de Sexo en Nueva York. Ya querrían muchas de 20 y de 30 tener su fuerza sexual... ¡Vaya tigresa! Y la descubrí porque, cada vez que estaba "de faena", mi hermana me llamaba, con los ojos hechos chiribitas, porque gritaban y hablaban tan alto que parecía que estaban en su habitación. No miento. Sólo nos falta hacernos unas palomitas, porque nos sentamos y comentamos los detalles de la jugada cual cronista de eventos deportivos (de goles va la cosa).

Después tengo otro vecino, éste en la veintena, que también corre el riesgo de romper copas de cristal cada vez que se lo monta con su novia. Luego ves a la parejita y jamás dirías que podrían alcanzar esos niveles pasionales, son tan formalitos y tan monos... aunque realmente, a la que más se oye es a ella, que debe ser una amazona salvaje en sus artes amatorias. Pongamos que mi vecino se llama, por ejemplo, Luis (no desvelaré su identidad): -¡Ay, Luis! ¡Luis! ¡LUIIIIIIIIIIIIIIIIIIIS! ¡Síiiiii! ¡Para, para, paaaaaara! ¡Noooo! ¡Sigue! ¡Aaaaaahhh! ¡Aaaaaaaaaaaaaaaahhh!- ¡Pero qué bárbaro! ¡Qué bien se lo montan!

Y claro, podéis imaginar que mientras lo estás escuchando, te estás "comiendo los mocos", como se dice vulgarmente, porque si estuvieses como ellos, no les oirías ¡Qué tortura, dios mío! (bueno, tú dios tápate los oídos, que esto en el cielo no está permitido...).

martes, 10 de abril de 2012

Pasividad sexual

El otro día recibí un mensaje por Twitter que me pareció muy interesante. Un tuitero compartía conmigo un consejo para hacer que un hombre repitiese contigo en la cama:
“También nos gusta que sean activas. Caso verídico: Una chica detrás de mí durante meses, muy calientes ¡¡¡Se quita la ropa sola!!! Se tumba y me dice ‘hazme algo si quieres’. Andando, todo el erotismo al traste… No la volví a llamar”.

Me metí en situación y se me pusieron los pelos de punta (y no de excitación). Lo entiendo perfectamente y comparto esta opinión en los dos sentidos (obviamente), tanto para chicos como para chicas. Cada persona tiene unos gustos y cada uno jugamos un papel en la cama (no todas vamos a ser una amazonas calientes ni todos van a ser Mr. Fucker). Pero es cierto que cuando te gusta el sexo (y ya no digo si eres un hooligan sexual) disfrutas de una sesión si la otra persona está activa. Si vas, te quitas las bragas o los boxer y ¡hala! ¡Sírvete tú mismo/a! Como si contigo no fuese la cosa… es un bajón de narices. De hecho, a mí me pasaría exactamente igual. Ya no sólo es que no hubiese vuelto a llamar, sino que, seguramente, no habría hecho nada… habría respondido -¿¿Si quiero?? ¿Qué eres, una máquina expendedora? Pues mira no, ahora ya no quiero, gracias-.

Y no confundamos. Cuando te va la marcha y eres fan de los “juegos de poder”, tienes que posicionarte: o eres el que manda o eres el que “obedece”.  Siempre hay una de las dos personas que lleva la batuta (exactamente igual que cuando bailas). Pero, BAJO NINGÚN CONCEPTO, esto significa que seas pasivo. Que te tumbes en la cama y te dejes hacer. Hasta cuando obedeces o eres el “mandado” puedes/debes/deberías tener una actitud activa. Es decir, que participes en el juego. A lo mejor estás sentado en una silla atado de pies y manos, no te mueves, pero gimes, gesticulas, haces fuerza, dices que te gusta o que no, sueltas expresiones (más o menos light según la persona). Este es un claro ejemplo (algo extremo) que demuestra que puedes ser activo aún sin poder moverte. Pues más aún en una situación de sexo más convencional. A lo mejor te tapan la boca, pero puedes emitir sonidos, mover las manos… 

Otro ejemplo. Reconozco que a mí me encanta estar encima en la cama. Ser yo la que se mueve y marca el ritmo. Pero también me encanta “el misionero”. Y que se me entienda, el misionero parece tener mala fama porque es la típica postura clásica de tú me penetras y yo me dejo penetrar… y no tiene por qué. Un misionero adaptado a mi gusto. Tú me penetras y yo subo las caderas hacia arriba, o te pido que me agarres del culo, o subo las piernas, te cojo la cintura, te araño la espalda (si te gusta), te azoto… vamos, nada que ver con la pasividad. 

 No todos vamos a ser igual de inquietos ¡Ojo! Que en ningún momento pretendo convencer a nadie de que se haga alumno cum laude de esta asignatura. Hay personas más y menos desinhibidas para el sexo, pero es cierto que abrir un poco la mente o, al menos, poner un poco de interés en buscar aunque sea tu propio placer, no está mal. Si no, para una persona que sí disfruta (tanto de recibir como de dar placer), sinceramente, es una putada verse en una situación tan forzada (¿o sería ya forzosa?).

domingo, 1 de abril de 2012

Sueño oral


Ayer soñé que tenías tu cabeza entre mis piernas. Me gusta tanto que no la separo de mí ni cuando duermo. Buscabas y buscabas y yo no te dejaba encontrar, y tenías que seguir buscando. Te agarraba del pelo, te empujaba contra mí, te pedía más y más, y gemía sin parar. Mis piernas temblaban. Toda yo estaba en tensión y tú te excitabas tanto al verme así que te ponías duro, muy duro. Yo lo sabía y, por saberlo, me ponía más y más cachonda. Parabas y yo me quejaba. Sabías muy bien las reglas del juego. Y yo no paraba de suplicar “sigue, sigue… por favor…”. Pero no era una súplica amable, era una exigencia, una orden. Y tú, deseando seguir, continuabas. Y toda tu lengua, mojada, subía y bajaba. Y dibujaba círculos sobre mí. Lo que empezaba como un lento recorrido, una cauta exploración del territorio, iba cogiendo velocidad y fuerza. Pruebas, te gusta (aunque lo sabes bien) y sigues comiendo como si fueses el hombre más hambriento de la tierra. Yo no podía pensar, sólo sentía más y más placer… estaba a punto de alcanzar uno de los mejores orgasmos que he tenido… y te mandaba parar. Para volver a empezar. Tu cara estaba empapada, una mezcla de ti y de mí. Y yo pasaba mi mano por tu boca para secarte (una excusa, sólo quería notar lo intenso de mi excitación). Y sin decir nada, volvía a guiar tu cabeza agarrándote de la nuca para que continuases con tu tarea (hay alimentos que por más que comes nunca se acaban). Entre jadeos, me decías “córrete para mí”, y yo perdía por completo el control sobre mi propio cuerpo. Después de hacer todo el recorrido curvo del terreno, te centrabas en lamer el punto exacto. Justo. Ahí. No pares. Y ya no había marcha atrás. Me decías que me corriese en tu boca. Y nada me pone más que escuchar eso. Yo no obedezco, yo mando, Pero ¡qué te voy a decir! Cómo me gusta que me mandes correrme... Así que te hacía caso, y tú, sin parar de mover tu magnífica y entrenada lengua, notabas con tu boca como toda yo vibraba entre gritos de placer.